
Empezando a Sufrir
La sonrisa de Giorgia lo decía todo: yo tenía cada una de mis extremidades amarradas a la cama y ella un látigo en la mano. En ese momento comprendí que valía la pena haberme venido a vivir en Italia a pesar estar en un pueblito perdido en la nada y tener el trabajo de entrenar a los poco talentosos jugadores del pueblito perdido en la nada.
Conocí a Giorgia en New York, ella venía a modelar y yo estaba terminando la gira promocional de mi libro. Química inmediata. Chispas. Sin darnos cuenta la relación evolucionó, dejando de basarse en sexo para basarse en sexo kinky. Fue tanta la conexión que me invitó a vivir con ella en el pueblo donde había nacido. Yo acepté sin pensarlo dos veces.
Cuando llegué a Sassuolo, después de horas de aviones y trenes y autos, sólo vi polvo. Claro, estaba garantizado el ambiente tranquilo para escribir mi próximo libro, pero me iba a aburrir monumentalmente. Los primeros días los pasé recorriendo el pueblo. A la semana ya me lo conocía de memoria. Fue tal el aburrimiento que me dediqué a ver la práctica de fútbol del equipo del pueblo. Eran pésimos. Eran tan pésimos que empecé a gritarle al defensa que levantara los pies para saltar, al delantero que tenía que tener los ojos abiertos cuando fuera a patear, al mediocampista que tenía que reconocer, gracias al uniforme, quien era de quien equipo y quién el arbitro, antes de dar un pase. Uno de los directivos del club se sentó a mi lado con curiosidad. Estaban desesperados porque no tenían entrenador y la temporada estaba por empezar. Estaban realmente desesperados. Yo les dije que tenían por qué estarlo. Me preguntó sobre mis conocimientos de fútbol, que si había estudiado. Yo soy un fanático, tan sólo eso, tanto como eso. Me dijo que si quería darles una mano mientras encontraban a alguien, que me darían entradas grátis para toda la temporada. De lo aburrido que estaba (Giorgia había viajado a Roma a tomarse unas fotos), acepté.
El equipo, como la ciudad, se llama Sassuolo, juegan en la Serie C2/B, o sea en el fondo del fondo. El "estadio" se llama Enzo Ricci con capacidad de 4200 personas y todo el que se suba a un techo de alguna casa vecina.
La pretemporada fue dura. Me bajé de internet información al respecto y los puse a correr y a correr y a correr. Ya que no tienen fútbol suficiente, el aspecto físico será fundamental. En craiglist encontré un asistente suizo, Jörg Stiel, que es portero honorario de su país. Lo invité a venir, a que jugara con nosotros y me asistiera, con la condición de que tenía una membresía vitalicia en el club deportivo de Sassuolo. Un amigo me envió un joven colombiano, Diego Iván Torres de 18 años que vino a cubrir una posición que no teníamos, lateral derecho. Y había por ahí un argentino desadaptado, José Parmiggiani, que jugaba de delantero y se creía el Ché Guevara. Con esos refuerzos y el plantel que teníamos, quedaba un equipo malo, muy malo, que tenía que luchar contra el descenso.
Jugamos cuatro partidos amistosos (vs Aalen [1:1], vs Reservas de Fiorentina [2:1], vs Latina [1:2] y vs Montichiari [2:2] ). Stefano Pagani demostró no ser tan limitado como al principio y confirmó que es el mejor jugador del equipo.
De todas maneras, las expectativas para la temporada no son buenas. Por desocupado me metí en un trabajo que no sé hacer, con unos recursos nulos. Tal vez pase del anonimato al desprestigio y termine declarado persona no grata en el pueblo.
Mañana es el primer partido oficial, por la Copa de la Serie C, contra el Castel de San Pietro. Como estoy nervioso, Giorgia empezó a hacerme un masaje, terminé amarrado de la cama y ahora veo su sonrisa maleva mientras levanta el látigo.
A propósito, esta es una de las fotos que le tomaron en Roma:
Foto de Roma.






