CITA(Chris Morrison.Prólogo)
The Beginning
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Recuerdo como si fuera ayer mismo, el primer día que mi padre me llevó a Goodison Park. Desde aquellos dos asientos que me parecieron un inmejorable altar divino, divisaba ante mis ojos un verdadero espectáculo teñido de azul. Mis sentidos permanecían embriagados con el colorido que presentaban aquellas gradas repletas de aficionados y apenas oía a mi padre hablar con el estruendo de los cánticos inundando mi espíritu de una fuerza difícil de explicar.
“Ya formas parte del Gwladys Street Terrace. Feliz Cumpleaños” dijo en un susurro, con su boca a escasos milimetros de mi oído.
El *Gwladys Street Terrace o The Ground era una de las graderías del estadio del Everton FC, conocida principalmente por albergar los aficionados más impetuosos y ruidosos de los Toffees.
Sí, aquel día era mi cumpleaños y mi padre me acababa de regalar el mejor regalo posible a un chico de 10 años, enamorado del fútbol, como todos aquí en Liverpool, y enamorado del Everton FC, aunque sólo fuera por llevar la contraria a Martin Ricks, un descerebrado compañero de clase que, por aquel entonces, me hacía la vida imposible.
Los dos años de secundaria que compartí con aquel matón de poca monta antes de que acabara con su juventud en una academia militar, los pasé en el suelo, por culpa de su propensión a dar una paliza a cualquiera que le llevase la contraria.
Con la espalda y las posaderas malheridas y con la imagen de su cara rojiza y pálida mirándome amenazante, fraguó en mi un odio insano hacia aquel miserable y a desarrollar el mismo odio al Liverpool FC, cuya camiseta, roja como la sangre que enrojecía su rostro, portaba día tras día aquel niño del demonio que sin duda creía que higiene era el nombre de una ciudad griega.
Desde aquel asiento azul como el cielo que cubría en óvalo perfecto aquel templo del fútbol, pocos partidos me perdí desde entonces. Tan sólo mi estancia en la Universidad me privó de asistir a algunos partidos de los Blues, pero me desvivía por conocer qué había sucedido cada jornada, sufriendo cada derrota como si hubiera sido mía.
Me licencié en periodismo y tuve la fortuna de, tras un tiempo en un periódico local redactando necrológicas y sucesos locales, poder acabar con mis huesos en la redacción de la *BBC Sports y, tras pasar un período de aprendizaje que se me antojó eterno y esclavo, acabé encargándome de la sección de deportes de la región, especial y lógicamente, de todo lo que representaba el fútbol en la ciudad de Liverpool.
Una verdadera religión. Quizá la mayor después de los Beatles.
Mi padre siempre me dijo que trabajar era algo que debías hacer en la vida, pero que trabajar en lo que a uno le gustaba era lo mejor que a uno le podía pasar. Él nunca lo consiguió y por eso siempre me consideré un privilegiado.
No sólo disfrutaba yendo al campo jornada tras jornada, sino que disfrutaba aún más redactando las crónicas de las victorias toffees y, por qué no confesarlo, aún más sobre las derrotas de los Reds.
Mi orgullo era poder escribir sobre todo aquello y que él pudiera leerlo y compartirlo conmigo.
Aquel recuerdo, de la tarde en que mi padre me dio el mejor regalo posible, era lo que me empujaba a escribir cada línea, a trabajar duro cada día, para dedicárselo a él y para no olvidarle nunca.
Leí hace tiempo que las casualidades son las cicatrices del destino.
Aquella frase cobró mayor valor aquel día que, dos días después del fallecimiento de mi padre y recién incorporado a mi rutina diaria, recibí el encargo de mi redactor jefe de entrevistar al que iba ser el nuevo entrenador del Everton CF.
Por lo visto, durante los cuatro días en los que todo se había precipitado en mi vida, con la repentina muerte de mi padre y el viaje a Doolin, la ciudad irlandesa que le vio nacer y donde quiso descansar por siempre, mientras tanto, en casa, en el club de mi vida, todo se había precipitado, paradójicamente, en una sucesión de acontecimientos igualmente inesperados.
David Moyes había anunciado dos días atrás su dimisión como entrenador del Everton FC por problemas personales y en apenas dos días, la cúpula directiva Blue había anunciado al que iba a reemplazar al escocés de Glasgow que llevaba capitaneando al equipo desde el 2002.
Se trataba de un joven entrenador de 36 años, desconocido en las Islas a nivel profesional y, curiosamente, nacido en Doolin, Irlanda.
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