No recuerdo en qué momento exacto empecé a tener miedo. No fue en la National League, ni siquiera cuando aseguramos el tercer puesto en la tabla. El miedo llegó después, cuando todo el mundo empezó a hablar de futuro. De crecimiento. De profesionalismo. Palabras grandes, limpias, aparentemente inevitables. Palabras que, en Merthyr, siempre han venido acompañadas de pérdidas. La temporada fue una prueba constante. Desde el primer día entendí que esta liga no te concede el beneficio de la duda. Ya no éramos la sorpresa simpática, éramos un equipo al que había que tumbar. Cada viaje, cada partido, cada punto arrancado tuvo un coste físico y emocional que aún siento en los huesos. Y aun así, resistimos. Terceros en la liga. Como si el destino quisiera recordarme que aquí nada llega sin peaje. El playoff volvió a colocarnos frente al espejo. La semifinal contra Cheltenham fue un partido sin respiración. Noventa minutos sin goles, sin errores visibles, sin concesiones. Desde la banda caminaba de un lado a otro hablándome por dentro, diciéndome que el fútbol no siempre premia al que juega mejor, sino al que aguanta más. Cuando llegó la tanda de penaltis, sentí una presión antigua, conocida. Pensé en mis padres, como siempre. En cómo mi padre renegaba de los penaltis porque decía que no eran justos. En cómo mi madre cerraba los ojos y apretaba las manos. Me los imaginé allí, en silencio, sufriendo conmigo. Ganamos. Y lo hicimos sin épica, sin fuegos artificiales. Solo resistencia. La final contra Newport en Wembley fue el momento más grande de mi carrera y, al mismo tiempo, el más inquietante. Un derbi galés para decidir quién daba el salto definitivo al fútbol profesional. Durante los días previos apenas dormí. No por el rival, sino por lo que estaba en juego más allá del marcador. Pensaba en Merthyr, en su historia, en todo lo que este club ha tenido que perder para seguir existiendo. El partido fue duro, 2-0. Dos goles que no solo sellaron una victoria, sino un cambio irreversible. Cuando el árbitro pitó el final, sentí orgullo, sí. Pero también un nudo en el estómago que no se fue con los abrazos ni con las celebraciones. Pensé en mis padres, una vez más. En lo orgullosos que estarían. Y también en cómo me habrían mirado, con esa mezcla de alegría y cautela que siempre tenían cuando algo parecía demasiado bueno para ser verdad. Después vino la conversación que me quitó el sueño. La directiva fue clara, honesta, casi ilusionada: el club se convertiría en profesional. A tiempo completo. Con estructuras nuevas, contratos nuevos, exigencias nuevas. Lo decían como si fuera el único camino posible. Y tal vez lo sea. Pero mientras asentía, mientras entendía cada argumento racional, sentía que algo se removía dentro de mí. Porque profesionalizarse no es solo entrenar más horas. Es cambiar la relación con la gente. Es empezar a pensar en números antes que en nombres. Es correr el riesgo de que el club deje de pertenecer al pueblo y empiece a pertenecer al mercado. Me asustó imaginar un Merthyr que ya no se reconoce en su propia grada. Un club que olvida que aquí el fútbol siempre fue un acto de resistencia colectiva, no un negocio. Esa noche, solo, volví a hablarme, como siempre. Me pregunté si traicionaríamos algo esencial. Si el éxito podía convertirse en una forma elegante de olvido. Pensé en mi padre, que siempre decía que los clubes pequeños sobreviven porque recuerdan quiénes son. Pensé en mi madre, que nunca confundió progreso con desarraigo. Tengo miedo de que el profesionalismo nos haga olvidar el barro, las tardes grises, los nombres de quienes sostuvieron esto cuando no había nada que ganar. Miedo de que el escudo pese menos que el contrato. Miedo de que Merthyr deje de ser un club de pueblo para convertirse en algo correcto, limpio… y vacío. Pero también sé que el miedo no puede paralizarnos. Mis padres también tuvieron miedo muchas veces. Y aun así siguieron adelante. Quizá la clave no esté en rechazar el cambio, sino en vigilarlo. En proteger la esencia mientras todo lo demás se transforma. En recordar, cada día, que este club no nació para subir categorías, sino para representar a su gente. La League Two nos espera. El fútbol profesional nos abre la puerta. Y yo entro con cautela, con respeto y con una promesa silenciosa. Mientras esté aquí, mientras tenga voz, Merthyr seguirá siendo Merthyr. Un club de pueblo. Fiel a los suyos. Aunque el mundo alrededor cambie. Y cuando las dudas me asalten, volveré a hacer lo de siempre, pensar en mis padres, respirar hondo y recordarme que el verdadero ascenso no está en la categoría, sino en no perder nunca el alma por el camino.
Únete a la conversación
Puedes publicar ahora y registrarte después. Si ya tienes una cuenta, accede ahora para publicar con tu cuenta.