Die Geschichte von Matthias - Der Enkel des Kleinen Toni (La historia de Matthias - El nieto del pequeño Toni) Kapitel 10: Der lange Winter (Capítulo 10: El largo invierno) Teil 65: Polnische Horizonte (Parte 65: Horizontes polacos) En Innsbruck, Austria El amanecer del miércoles 15 de noviembre en el Aeropuerto de Innsbruck no trajo consigo la calidez del sol, sino un viento gélido que bajaba de las cumbres, recordando a todos los presentes que el invierno ya no era una amenaza lejana, sino una realidad palpable. Para Matthias Schall, las cuarenta y ocho horas de descanso tras el agotador balance técnico del Wacker habían pasado como un suspiro, un breve interludio de paz hogareña junto a Ángeles que ahora quedaba atrás. Mientras observaba el vapor de su propio aliento en el aire frío de la terminal, Matthias sintió cómo el chip de entrenador de club se desactivaba para dar paso a la solemne responsabilidad de representar a una nación entera. El destino era Gdynia, en la costa báltica de Polonia, donde la selección Sub-18 de Austria se enfrentaría a una prueba de fuego que definiría no solo el futuro de una generación, sino la validez del método Schall a nivel internacional. La expedición partía temprano con una mezcla de rostros nuevos y una ambición que desbordaba las maletas. El reto era mayúsculo: la primera ronda preliminar del Campeonato Europeo Sub-19 de la UEFA. Aunque técnicamente Schall comandaba una Sub-18, la competición exigía medirse contra los mejores del continente en la categoría inmediata superior. El sorteo no había sido benévolo, encuadrando a Austria en el Grupo 4 junto al anfitrión Polonia, la siempre competitiva Serbia y una Ucrania que, históricamente, siempre presenta bloques físicos y talentosos en categorías juveniles. El ambiente en la delegación era de concentración absoluta; el "efecto Schall" ya se sentía en el comportamiento profesional de los jóvenes, quienes caminaban por la terminal con la seriedad de veteranos que van a una guerra deportiva. La convocatoria, decidida con una antelación casi quirúrgica, presentaba una renovación casi total respecto a la exitosa campaña del mes pasado con la Sub-17. Solo cuatro nombres sobrevivían a la barrera generacional y a la exigencia del técnico para mantenerse en la lista, convirtiéndose en los pilares sobre los cuales se debía transmitir la filosofía de juego. El defensor central Adem Mustafic, un prodigio de 15 años del Austria Wien; el pivote organizador Philipp Maybach, también de 15 años y joya del SK Rapid; y los delanteros Jovan Zivkovic y Phillip Verhounig, ambos de 17 años y pertenecientes al SK Rapid y RB Salzburg respectivamente. Estos cuatro jugadores no solo representaban la calidad técnica, sino la memoria táctica de lo que Matthias quería plasmar en el césped polaco: un fútbol de posesión, presión asfixiante y transiciones letales. Sin embargo, lo que más llamaba la atención de la prensa especializada y de los ojeadores internacionales que ya empezaban a seguir la pista del técnico argentino-austriaco era la osadía de la lista. Schall había incluido a seis jugadores de apenas 14 o 15 años en una competición Sub-19. Esta apuesta por el talento precoz sobre la experiencia física era una declaración de intenciones. Nombres como Matteo Maric, Noah Krier, Eaden Roka, Filip Aleksić y Loris Husic completaban un grupo que, sobre el papel, parecía estar en desventaja física, pero que en el tablero de Matthias prometía una superioridad técnica abrumadora. La mirada del mánager estaba puesta en el futuro, en la construcción de ese soñado Wunderteam que Austria anhela recuperar, pero sin renunciar ni por un segundo a la competitividad del presente inmediato. Plantilla Austria Sub 18 La distribución de los jugadores por clubes también narraba una historia de hegemonía compartida. El RB Salzburg y el Austria Wien lideraban la aportación con cuatro jugadores cada uno, seguidos de cerca por el SK Rapid y el SK Sturm Graz con tres representantes por cabeza. Esta amalgama de las mejores academias del país garantizaba que los jugadores llegaran con una base táctica sólida, aunque el toque internacional lo ponía Loris Husic, el mediocentro organizador que militaba en el TSV 1860 München, siendo el único "extranjero" del grupo. Para Schall, no importaba de dónde vinieran, sino hacia dónde querían ir: el objetivo era asimilar en tiempo récord un sistema complejo que no permitía fisuras ante rivales de la talla de Serbia o Ucrania. La gran incógnita que flotaba en el aire de Gdynia, mientras la selección aterrizaba en tierras polacas, era si el sistema de Schall sobreviviría a la ausencia de sus anteriores figuras. En la brillante experiencia con la Sub-17 de hace un mes, donde Austria arrasó con 24 goles a favor en tres partidos, el técnico contó con talentos diferenciales como Tristan Osmani, Valentin Sulzbacher y, sobre todo, la magia de Paul Wanner. Ahora, sin esos nombres propios que solucionaban partidos por sí solos, el fútbol austriaco se preguntaba si el proyecto era lo suficientemente robusto como para que los nuevos apellidos se amoldaran y mantuvieran el nivel de excelencia. ¿Era el sistema el que hacía brillar a los jugadores, o fueron los jugadores los que hicieron parecer al sistema infalible? Schall sonreía para sus adentros; él conocía la respuesta, pero el campo sería el único juez válido. El objetivo de mínima fijado por la federación era terminar entre los tres primeros del grupo para asegurar el pase a la siguiente ronda, pero todos en el staff sabían que Matthias no se conformaría con un tercer puesto. Su mentalidad competitiva, forjada en la exigencia de resucitar a un gigante dormido como el Wacker, lo impulsaba a querer ganar cada minuto, cada duelo y cada partido. La jerarquía de los rivales en Polonia era sensiblemente superior a lo enfrentado anteriormente en Bulgaria, pero para Schall, eso solo significaba que el aprendizaje sería más profundo. El grupo de jugadores, sentados en el autobús que los llevaba desde el aeropuerto al hotel de concentración, escuchaba las primeras indicaciones del técnico sobre la importancia de la adaptación al clima y al césped polaco, que se preveía pesado y húmedo. Las tierras polacas, con su historia de resistencia y lucha, se preparaban para ser el escenario donde el proyecto de Matthias Schall en las categorías menores de la selección austriaca debía confirmarse o reevaluarse. No había margen para el error en un torneo de formato tan corto y explosivo. Cada entrenamiento en Gdynia sería una pieza más en la construcción de esa identidad que Schall quería impregnar en el ADN del fútbol austriaco: un estilo que no teme a la juventud, que respeta el balón y que busca el arco rival con una voracidad casi obsesiva. Mientras el sol se ocultaba tras el horizonte del mar Báltico, Matthias cerraba su libreta en su habitación de hotel, listo para que el sábado comenzara la verdadera función. El largo invierno apenas comenzaba, pero el fuego competitivo de Schall prometía mantener a Austria más viva que nunca.
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