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PRÓLOGO: EL CHASQUIDO

14 de Octubre de 2001. Estadio de La Condomina.

El sonido no fue fuerte. No fue un estruendo, ni un disparo. Fue un chasquido seco, ridículo, como quien parte una rama de pino muerta en mitad de un bosque en silencio. Pero yo lo escuché por encima de los gritos de quince mil gargantas. Lo escuché retumbar dentro de mi propio cráneo.

Corría la banda derecha, minuto 88, con el pulmón ardiendo y la gloria al alcance de la mano. Iba a ser el héroe del ascenso. Iba a ser el hijo pródigo. Y entonces, el suelo desapareció bajo mis pies.

Recuerdo el olor a tierra seca del césped pegado a mi mejilla. Recuerdo el cielo de Murcia, de un azul insultante, girando sobre mí. Y recuerdo el dolor. No el físico, ese vino después. Fue el dolor de saber, en ese preciso instante —mientras me sacaban en camilla entre aplausos que sonaban a despedida— que mi vida acababa de terminar a los 19 años.

Me llamaban "El Galgo". Desde esa tarde, solo fui el chico que cojeaba por la Plaza de las Flores.


CAPÍTULO 1: TIERRA SECA

22 Años después.

El calor en Murcia no es un fenómeno meteorológico; es un animal pesado que se te sienta en el pecho y no te deja respirar. Son las cuatro de la tarde y la ciudad parece un escenario postapocalíptico, vacía y vibrante bajo el sol de justicia.

El volante de mi viejo Peugeot quema al tacto. Aprovecho un semáforo en rojo en la Avenida Juan de Borbón para mirarme en el retrovisor. La imagen que me devuelve el espejo tiene poco que ver con aquel chaval de las fotos viejas. A mis 40 años, el rostro se me ha vuelto anguloso, casi afilado. Tengo la piel curtida por el sol de mil entrenamientos en Tercera División y unas ojeras profundas, oscuras, cráteres dejados por noches de insomnio devorando cintas de vídeo. Ya no hay rastro del atleta que fui. Mi constitución es ahora delgada, nervuda. He perdido músculo, pero he ganado tensión. Visto una camiseta barata remangada y unos pantalones chinos oscuros. No hay trajes caros en mi armario; eso es para los que venden humo, no para los que picamos piedra.

El semáforo cambia a verde. Acelero hacia la silueta del estadio que crece en el horizonte. La Nueva Condomina. Un gigante de hormigón plantado en medio de la nada, rodeado de descampados de tierra ocre. Un estadio de Champions League para un equipo que se desangra en el barro de la Primera RFEF. Apago el motor. El Peugeot tose un par de veces antes de callar. La rodilla me punza al salir del coche. En el norte dicen que las viejas lesiones avisan de la lluvia, pero aquí eso no sirve de nada. En Murcia nunca llueve. Mi dolor es seco, árido, constante. Es mi recordatorio perpetuo.


CAPÍTULO 2: EL DESPACHO

El despacho de Felipe Moreno huele a papel viejo y a tensión acumulada. El aire acondicionado zumba con un traqueteo agónico, incapaz de vencer al verano murciano.

El presidente no me mira cuando entro. Felipe me escanea de reojo mientras toma asiento. Probablemente, esperaba un entrenador de nombre exótico o una vieja gloria en decadencia. Se encuentra con un tipo con un reloj Casio de diez euros en la muñeca y mirada de no haber dormido bien desde 2005.

— Siéntate, Lucas —dice finalmente.

La silla de cuero cruje bajo mi peso.

— ¿Sabes por qué estás aquí? —pregunta, quitándose las gafas y frotándose los ojos con cansancio.
— Porque nadie más quiere coger este hierro ardiendo por lo que pagáis —respondo. Mi voz suena ronca, seca.
— Cínico. Siempre fuiste un cínico.
— Realista, Presi.
— Mira, Lucas. La situación es crítica. La prensa afila los cuchillos y la afición está cansada de promesas, de proyectos faraónicos y de mentiras. El club es un polvorín.

Se levanta y camina hacia la ventana, mirando hacia el césped vacío e inmaculado.
— Necesito a alguien que conozca el dolor de esta casa. No quiero a un mercenario que venga a hacer currículum y se marche en enero. Quiero a alguien que tenga algo que demostrar. Alguien que tenga tanta hambre... o tanta rabia, que contagie a los jugadores.

Se gira y me clava la mirada.
— Dicen que eras el mejor de tu generación hasta que te rompiste. Dicen que llevas veinte años obsesionado con el fútbol.
— No es una obsesión —le corrijo, apretando el puño sobre mi rodilla mala hasta que los nudillos se ponen blancos—. Es lo único que sé hacer.
— Bien. Porque no hay dinero. No hay margen de error. Si fallas, te hundes con el barco. Y esta vez, no habrá camilla para sacarte.

— No la necesito.

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CAPÍTULO 3: CAOS ORGANIZADO

Salgo al campo. El sol me golpea la cara. Las gradas están vacías, pero puedo escuchar el eco de lo que fueron y de lo que, quizás, vuelvan a ser.

Me paro en el área técnica. No puedo correr por ellos. Mi pierna es un recuerdo de lo frágil que es el éxito; un mapa de carreteras del fracaso. Pero mi mente va más rápido que cualquiera de sus piernas.

Mi fútbol no será bonito. No hemos venido a pintar cuadros.
Hemos venido a la guerra.

Si yo no puedo respirar tranquilo, el rival tampoco lo hará. Presión alta. Asfixia. Quiero ver el pánico en los ojos de los centrales contrarios cuando reciban el balón. Quiero un equipo que muerda, que corra con la desesperación de quien huye de un incendio. Ritmo vertiginoso. Caos organizado.

Se acabó el victimismo. Se acabó el "pobres de nosotros", "es que el árbitro", "es que no tenemos presupuesto". El Real Murcia ha dormido demasiado tiempo.

Soy Lucas Guerra. El fútbol me debe una vida.
Y he venido a cobrármela.

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