Prólogo Bakú nunca duerme del todo. Solo baja el volumen. A las tres de la madrugada, cuando el tráfico de la avenida Neftçilər se reduce a un murmullo lejano y el mar Caspio parece una plancha de metal oscuro, Tural Aliyev suele quedarse despierto. No por insomnio, sino por costumbre. En el ático de la familia, un espacio minimalista que mezcla mármol italiano con madera oscura traída de Georgia, las luces de la ciudad entran sin pedir permiso. Desde allí, Bakú parece una maqueta: ordenada, limpia, irreal. Tural tiene treinta y dos años y nunca ha tenido que preocuparse por el dinero. Esa frase, tan sencilla, ha definido toda su vida… y es precisamente el problema. Su padre, Rasim Aliyev, construyó su fortuna en los años posteriores a la caída de la Unión Soviética. Energía, infraestructuras, contratos estatales que nadie explicaba del todo pero que todos respetaban. En Bakú, el apellido Aliyev no necesitaba presentación; abría puertas, silenciaba preguntas y creaba una reacción automática: respeto. De niño, Tural, no soñaba con marcar goles. Soñaba con diseñarlos. Mientras otros gritaban celebraciones, él se fijaba en cómo se movían los equipos sin balón, en por qué algunos partidos parecían escritos de antemano y otros se deshacían en el caos. En el colegio privado británico al que asistió, uno de tantos lujos que jamás pidió, los profesores hablaban de liderazgo, de negocios, de futuro. Él hablaba de líneas defensivas, de espacios entre centrales y laterales, de entrenadores que cambiaban partidos sin tocar el balón. A los dieciocho años se marchó a Londres. Oficialmente, para estudiar psicología y gestión deportiva. Extraoficialmente, para respirar lejos de Bakú. Allí descubrió algo incómodo: fuera de Azerbaiyán, su apellido no significaba nada. Nadie le debía favores. Nadie lo esperaba, y por primera vez, eso le gustó. Terminó sus estudios, amplió su red de contactos, porque incluso cuando uno no quiere, el privilegio encuentra la forma de ayudar y regresó a casa con una idea clara: no quería ser empresario, ni político, ni heredero. Quería entrenar. La reacción fue exactamente la esperada. ¿Entrenar a quién?, preguntó su padre una noche, sin levantar la vista del vaso de té ¿A hombres que ganan en un mes lo que tú gastas en un fin de semana? Tural no respondió. Nunca lo hacía. Había aprendido que discutir con Rasim Aliyev no cambiaba nada; lo único que funcionaba era persistir. El problema no era el dinero. El problema era la legitimidad. En Azerbaiyán, el fútbol es jerárquico. Clubes con padrinos, proyectos con fecha de caducidad, entrenadores extranjeros que llegan, cobran y se van. Un joven azerí, rico, sin pasado como futbolista profesional… no encajaba en ningún molde. Demasiado local para ser exótico. Demasiado privilegiado para ser respetado. Por eso Tural no empezó desde arriba. No quiso. Rechazó ofrecimientos cómodos, cargos administrativos, puestos simbólicos. Quería un vestuario pequeño, instalaciones deficientes y jugadores que no le debieran nada. Quería triunfar o fracasar sin excusas. En redes sociales, su presencia es constante pero medida. No es influencer, no es provocador. Publica fragmentos de entrenamientos, lecturas tácticas, reflexiones breves. A veces una foto borrosa de una pizarra. A veces una frase seca: “El talento sin estructura es solo ruido.” Tiene seguidores, sí. Pero también detractores. Para muchos es “el niño rico jugando a Football Manager en la vida real”. Para otros, un raro: alguien que podría tenerlo todo y, aun así, elige empezar desde abajo. Tural lo sabe. Lo lee. No responde. Porque hay algo que nadie ve todavía: el miedo. Miedo a que tengan razón, miedo a no ser suficiente cuando el apellido deja de pesar, miedo a descubrir que, sin privilegios, no hay nada especial en él. Por eso, cuando finalmente firme su primer contrato como entrenador, no será el inicio de una carrera. Será el inicio de una prueba, no para el fútbol sino para sí mismo.