Die Geschichte von Matthias - Der Enkel des Kleinen Toni (La historia de Matthias - El nieto del pequeño Toni) Fan-Perspektive: Kult und schwarz-grüne Seele Ausgabe 3 – Peter Pacult: Der unvergessene Torjäger vom Tivoli (Edición 3 – (Peter Pacult: El goleador inolvidable del Tivoli) En Innsbruck, Austria El invierno de 2024 golpea con una fuerza inusitada las chapas del Tivoli Neu, y mientras el aliento se convierte en escarcha sobre nuestras bufandas, resulta imposible no buscar refugio en la calidez de nuestra propia historia. Caminar por los pasillos del club en estos días de reconstrucción bajo el mando de Matthias Schall nos obliga a recordar que, aunque hoy peleamos en el barro de las categorías regionales, este escudo supo reinar sobre el continente con una autoridad que todavía hoy estremece. En una esquina de nuestra memoria colectiva, allí donde las fotos amarillentas cobran vida, emerge la figura de un hombre que no necesitaba presentaciones porque su nombre era sinónimo de un grito sagrado que se repetía domingo tras domingo. Hablo de Peter Pacult, el delantero que llegó a nuestras montañas en 1986 para escribir las páginas más doradas de nuestra existencia y para recordarnos que el gol es la única moneda de cambio que realmente importa en este deporte. Mi abuelo suele señalar su imagen en esos viejos álbumes que guarda con celo, recordándome en silencio que hubo un tiempo donde los mejores defensas del mundo temblaban al cruzar la frontera del Tirol. Pacult aterrizó en Innsbruck tras haber demostrado su valía en los clubes de su Viena natal, pero fue bajo el cielo de los Alpes donde su instinto asesino alcanzó una dimensión legendaria que trascendió cualquier frontera administrativa o comercial de la época. Aquel proyecto del Swarovski Tirol necesitaba un estandarte, un ejecutor que transformara la ambición en títulos, y Peter aceptó el reto con la ferocidad de quien se sabe destinado a la grandeza absoluta. Durante seis temporadas inolvidables, desde 1986 hasta 1992, vistió nuestros colores con una determinación que rozaba lo obsesivo, disputando cerca de 184 partidos oficiales en los que el asombro era la constante en las gradas. No era simplemente un jugador talentoso; era una fuerza de la naturaleza que entendía el área rival como su dominio privado, un espacio donde él dictaba las leyes y los porteros eran meros espectadores de su eficacia destructiva frente a la red. Los números que dejó grabados en el cemento de nuestra historia son de aquellos que hoy, en plena era de la profesionalización absoluta, parecen sacados de una fantasía inalcanzable para cualquier mortal. Pacult marcó nada menos que 105 goles con nuestra camiseta, una cifra que marea por su consistencia y por la importancia vital de cada uno de esos impactos en la trayectoria ascendente del club. No eran goles de relleno en partidos decididos; eran zarpazos letales que decidían campeonatos, que silenciaban estadios rivales y que nos permitían mirar a los ojos a cualquier gigante del fútbol europeo sin pestañear. Su capacidad para estar en el lugar justo en el momento exacto, combinada con un remate de una potencia y precisión quirúrgica, lo convirtió en el máximo exponente del fútbol ofensivo que tanto predicamos en el Wacker de hoy, marcando una era donde ganar era la única opción aceptable. La cosecha de títulos que logramos con Pacult como punta de lanza es el testamento definitivo de su impacto en la identidad del club, habiendo sido el motor indiscutido en la conquista de las Bundesligas de 1988-89 y 1989-90. Aquel doblete de liga y copa en la temporada 89 sigue siendo el pico más alto de nuestra montaña, un momento de comunión perfecta entre la afición y un equipo que jugaba con una autoridad insultante sobre sus rivales. Peter no solo ponía el broche de oro a las jugadas; él personificaba la ambición de una ciudad entera que se negaba a ser secundaria en el panorama nacional, liderando desde el frente de ataque con una personalidad volcánica que contagiaba a cada uno de sus compañeros. Mi abuelo me muestra los recortes de aquellas finales, y aunque no haya palabras entre nosotros, puedo ver en su mirada que aquel Wacker era un equipo que no conocía el significado de la palabra miedo. Pero si hay un hito que coloca a Pacult en el Olimpo absoluto de nuestras leyendas, fue su desempeño en la Copa de Europa de la temporada 1990-91, una campaña que todavía hoy se narra con asombro en las tabernas de Innsbruck. En aquel torneo, nuestro delantero alcanzó la cima del mundo al coronarse como el máximo goleador de la competición continental con 6 tantos, compartiendo ese honor eterno con el francés Jean-Pierre Papin del Olympique de Marsella. Fue el año en que llegamos a los cuartos de final de la máxima categoría europea, demostrando que nuestro fútbol tenía la estatura necesaria para competir por el trono del continente. Ver a Pacult liderar la tabla de artilleros de la Copa de Europa es el recordatorio más potente de quiénes somos y de por qué no podemos conformarnos con menos que la excelencia absoluta en cada paso que damos hacia el regreso. Su sociedad con otros gigantes de la época, como el checo Václav Daněk, creó una de las duplas más temidas en la historia de la Bundesliga austriaca, un binomio que se alimentaba de la competitividad extrema y de un hambre de gloria que parecía no saciarse jamás. Pacult no era un jugador que se escondiera en los momentos difíciles; al contrario, era en las grandes citas internacionales o en los derbis más calientes donde su figura se agigantaba, asumiendo la responsabilidad de cada ataque con una seguridad que tranquilizaba a toda la grada. Era un líder que hablaba a través del gol, un capitán sin brazalete que marcaba el ritmo de nuestra ilusión con cada desmarque inteligente y cada disputa de balón ganada por puro carácter y temperamento tirolés, ganándose el respeto unánime de una afición que lo adoptó como uno de sus hijos predilectos para siempre. Tras seis años de gloria ininterrumpida y de haber elevado nuestro estatus a niveles internacionales, Pacult cerró su etapa en Innsbruck en 1992 para continuar su camino en otros clubes, dejando tras de sí un vacío que tardaría décadas en llenarse. Su partida marcó el fin de una era de dominación total, pero su legado quedó impregnado en las paredes del club y en el alma de los aficionados que tuvimos la suerte de ver su nombre en el marcador electrónico noche tras noche. Mi abuelo suspira mientras guarda los recortes, consciente de que jugadores con esa determinación y olfato goleador nacen una vez cada cincuenta años, y que somos unos privilegiados por haber sido el escenario principal de su despluegue de talento. Pacult se marchó, pero su sombra protectora sigue proyectándose sobre cada delantero que hoy intenta seguir sus pasos en el Tivoli Neu. Hoy, en febrero de 2024, mientras Matthias Schall intenta reconstruir esa mística competitiva y vemos a jóvenes como Florian Meyer anotar cuatro goles en un amistoso en Italia, la referencia de Pacult se vuelve más necesaria que nunca. A Meyer y a los nuevos refuerzos como Mamani les pondría los videos de Peter para que entiendan qué significa ser el nueve de este club: significa no rendirse nunca, significa tener el arco entre ceja y ceja y, sobre todo, significa entender que aquí el gol es un mandato sagrado. Necesitamos recuperar esa mentalidad ganadora que Pacult inyectaba en cada partido, esa forma de pisar el área rival con la autoridad de un dueño que reclama lo que es suyo por derecho. La pretemporada invernal está siendo dura, llena de pruebas internacionales que nos exigen al máximo, y es ahí donde el ejemplo de Peter debe servirnos de guía para no amedrentarnos ante nadie. En este tercer Ausgabe del fanzine, quiero rendir este homenaje a la máquina de goles que nos hizo soñar con las estrellas, porque un club que olvida a sus gigantes es un club que ha perdido el rumbo. Pacult nos enseñó que el Wacker Innsbruck —en todas sus formas y nombres históricos— es un gigante que pertenece a la élite, y que el camino de regreso hacia esa cima está pavimentado con la misma entrega y el mismo veneno competitivo que él mostró en cada uno de sus 105 goles. Mientras mi abuelo cierra su carpeta y nos preparamos para volver al frío de la calle, me queda la certeza de que el espíritu de 1990 sigue vivo en algún lugar de nuestra estructura, esperando a que alguien con el mismo carácter se atreva a reclamar el trono. La historia nos exige volver, y nombres como el de Peter Pacult son el faro que nos indica que ya hemos estado en la cima y que, por lo tanto, podemos volver a conquistarla. Cerramos esta edición con la esperanza renovada, sabiendo que el proyecto de Schall está intentando recuperar ese profesionalismo que Pacult representaba en cada entrenamiento y en cada partido oficial. El invierno pasará, la nieve se derretirá y la competición volverá a ponernos a prueba, pero mientras tengamos memoria de hombres como Peter, el Wacker siempre tendrá un motivo para luchar con la frente en alto. ¡Gracias por los goles, Peter! ¡Gracias por la historia, Wacker! Nos vemos en la grada, allí donde los mitos nunca mueren y donde el color verde y negro siempre será sinónimo de victoria, tal como nos lo enseñó aquel vienés que se convirtió en nuestra leyenda más querida bajo el sol de Innsbruck. Forza Wacker! Schwarz-grün für immer, für immer auf dem Gipfel unserer Berge! (¡Forza Wacker, por siempre verde y negro, por siempre en lo más alto de nuestras montañas!).
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