Capítulo 1. Conociendo a Tural Aliyev Tural Aliyev nació el 14 de septiembre de 1992, en el distrito de Yasamal, Bakú. No en una casa ostentosa, sino en un apartamento amplio, luminoso, silencioso. Desde fuera no parecía especial; desde dentro lo era todo. Libros en varios idiomas, cuadros sobrios, conversaciones que denotaban un alto nivel cultural. En casa de los Aliyev no se hablaba de dinero porque nunca fue un problema. Se hablaba de expectativas. Su padre, Rasim Aliyev, estaba casi siempre ausente. No físicamente, eso habría sido más fácil de explicar, sino mentalmente. Hombre metódico, construido en la brutal transición del Azerbaiyán postsoviético, entendía el mundo como una cadena de decisiones prácticas. Para él, el éxito era el objetivo, la única opción. Nunca fue un padre cruel, tampoco uno cercano. Enseñó a Tural a no pedir permiso al mundo, pero olvidó enseñarle a pertenecer a él. Leyla Aliyeva, su madre, no provenía del mismo mundo. Había estudiado literatura, hablaba francés con fluidez y conservaba una forma de mirar las cosas que no encajaba del todo con el entorno que la rodeaba. Fue ella quien introdujo a Tural en el hábito de observar antes de opinar, de escuchar antes de decidir. No hablaba de fútbol, pero sí de estructura, de ritmo, de silencios. Conceptos que, sin saberlo, acabarían marcando su forma de entender el juego. Tural fue un niño tranquilo. Demasiado, según algunos profesores. No lideraba grupos, pero cuando hablaba, los demás escuchaban. No destacaba por talento físico. Jugaba al fútbol en el colegio, sí, pero sin brillo. Nunca fue el mejor, nunca el peor. Eso lo frustraba menos de lo que cabría esperar. Desde pequeño entendió que su lugar no estaba en la ejecución, sino en la organización. Retrato familar en casa de los Aliyev en el que el pequeño Tural contaba con 3 años Durante la adolescencia, mientras otros buscaban identidad en la confrontación, Tural la buscó en la distancia. Viajó pronto. Estudió fuera. Londres fue el punto de inflexión. Allí descubrió dos cosas importantes: que su apellido no significaba nada y que el fútbol podía ser algo más que emoción desordenada. En Inglaterra se obsesionó con los entrenadores, no con los jugadores. Pasaba horas leyendo, viendo partidos antiguos, analizando estructuras. Nunca imitó a uno solo. Admira a Arsène Wenger por su visión a largo plazo, pero desconfía del romanticismo sin control. Respeta a Ancelotti por su gestión humana, pero no cree en la flexibilidad sin un marco claro. Estudia a Guardiola, pero entiende que no todos los contextos permiten imponer una idea absoluta. De Arteta le interesa la paciencia. De Nagelsmann, la adaptabilidad. De entrenadores más pragmáticos aprende lo que no quiere ser… y lo que quizá necesite ser algún día. Porque Tural Aliyev no cree en sistemas fijos. Cree en principios móviles. No le interesa imponer un estilo que no encaje con los jugadores que tiene. Considera eso una forma de arrogancia. Para él, la táctica no es una declaración de intenciones, sino una herramienta de lectura del entorno. Prefiere un equipo bien organizado sin balón antes que uno brillante pero frágil. Prefiere ganar sin convencer antes que convencer sin obtener premio. En lo personal, Tural es reservado. No porque no tenga emociones, sino porque no las exhibe. No se aferra a relaciones largas. No construye rutinas sociales estables. Su vida gira en torno al trabajo, al análisis, a una búsqueda constante de legitimidad que nunca verbaliza. El fútbol no es su refugio emocional; es su campo de pruebas. Traje negro de firma italiana, reloj suizo de oro macizo y esclava en oro de 24 kilates no esconde su origen Con su madre mantiene una relación silenciosa, profunda. Hablan poco, pero se entienden. Ella nunca le pidió que fuera alguien distinto. Solo que fuera honesto con lo que eligiera. Con su padre, la relación es más tensa. No por conflicto abierto, sino por expectativas no dichas. Rasim Aliyev observa desde la distancia, esperando que su hijo fracase rápido o triunfe, sin medias tintas. Hoy, a los treinta y dos años,quiere iniciar su carrera como entrenador lejos de los focos, en un club que no prometa nada salvo dificultad. No porque sea humilde, no porque sea romántico, sino porque entiende algo que pocos aceptan: “El respeto no se hereda, se construye y casi siempre, en silencio”
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