Capitulo 1: Pesadillas
5.00 a.m. Sobresaltado salto de mi cama, el sudor corre por mi espalda, frío como el tacto de la muerte. Trato de tranquilizarme, respiro hondo e intento recordarme a mi mismo que la guerra hace mucho que acabó, pero tardo media hora en bajar mis pulsaciones hasta un ritmo normal. Hacía años que no tenía esta pesadilla, pero en los últimos meses, había vuelto con más fuerza y más persistencia que nunca, puede que el ambiente y las noticias que emiten todos los días en la televisión no ayuden a olvidar. Me levanto decidido a tomarme un café, ya que estoy despierto voy aprovechar para empezar pronto el día, pero mientras me ducho vuelven a mi las imágenes que me atormentan desde los ocho años. La guerra de los Balcanes ha estallado, era solo un niño y no entendía nada de lo que ocurría a mi alrededor; de día se escuchaban los disparos, las bombas, los gritos y los llantos, pero de noche, eso era insoportable, el silencio era más horrible que el ruido, no podías dormir por miedo a los ataques de los bombarderos pero estar despierto era una tortura, no sabías nada de lo que ocurría fuera, el silencio pesaba en nuestros corazones como losas de hormigón. Antes de 1991, eramos un país hermoso, un crisol de distintas culturas y religiones, pero tras la guerra solo quedó el caos, los edificios en ruinas y la pobreza. Pasamos de ser la joya del Adriático, donde Sarajevo era un faro de cultura y belleza, ahora solo vemos escombros y ruinas de la gloria pasada; por suerte mi padre consiguió sacarnos a casi todos del país, aunque la noche en que nos fuimos, será siempre para mi, una de las más tristes de mi vida y el motivo para que cada noche de los últimos tres meses despierte de noche, con el miedo en el cuerpo y el alma aterrada, o que desde los ocho a los doce años fuese todas las semanas hablar con un amigo de mi padre que era psicólogo. No es que esté loco, ni nada por el estilo. Os cuento y así no me juzgáis sin saber, tras dos años de guerra, el conflicto estaba alcanzando su máximo apogeo, la violencia, los ataques y la crudeza de los mismos habían alcanzado el nivel del salvajismo, a mi familia no le quedaba más remedio que intentar abandonar el país y jugarse la vida en la huida o quedarse y resignarse a una muerte que llegaría más pronto que tarde. Esa noche mi padre, cogió las pocas cosas de valor que teníamos, una par de bolsas con ropa y comida, el dinero que tenía y a su familia. Aprovechando la hora más oscura de una noche sin luna, salimos a la calle y empezamos a dirigirnos al encuentro del amigo de mi padre y su familia. La calle estaba salpicada de grupos pequeños, asustados, con unos pocos bultos, que se movían al igual que nosotros en silencio, con la tristeza en los ojos y el miedo en el corazón. Tras veinte minutos de marcha, nos encontramos los dos grupos, esto hizo que por un momento las caras de los adultos se aliviaran, fue cosa de unos segundos pero reconocí en el rostro de mi padre la seguridad y emoción que llevaba años sin ver. Juntos nos pusimos a caminar rápido, yo iba al trote, mi padre llevaba los bultos y mi madre tiraba de mi como si quisiera arrancarme el brazo del cuerpo. Tras un par de horas, parecía que el ambiente en el grupo se iba relajando, pero pronto cundiría el pánico, el caos y la desgracia. A unos cien metros de una arboleda, una patrulla de soldados nos sale al encuentro, mi madre se queda congelada, ya no tira de mi, no mueve ni un musculo, mi padre nos grita que corramos, pero mi madre sigue cual estatua griega. Los soldados empiezan a disparar desde la distancia, escucho los tiros e intento empujar a mi madre para que se mueva en dirección a mi padre, que viene corriendo, ya sin esos pesados bultos. Se encuentra a unos 10 metros de nosotros. En ese momento, escucho el ruido de una salpicadura, algo me ha mojado la cara y el brazo que me sujeta mi madre. Levanto la cabeza para ver que sucede y descubro un agujero enorme en lo que antes era la hermosa cara de mi madre, me quedo petrificado, soy consciente de que eso no es bueno, mi padre nos alcanza, me levanta en brazos sin parar la carrera, sin pararse a mirar a mi madre, pero por su cara sé que el es consciente de que mi madre ya no está con nosotros. Algo que yo tardé en entender a el le bastó un segundo, tras enterrar la cabeza en el cuello de mi padre no volvía a abrir los ojos hasta el día después. Los siguientes días fueron duros, mi padre apenas hablaba, la gente que nos encontrábamos lo asustaban tanto como los soldados, no se fiaba de nadie. Tras una semana de marcha forzada, en un arroyo nos detuvimos más de lo normal, me dí cuenta que esperábamos a alguien, unas horas después llegó el amigo de mi padre con su mujer, la cual estaba totalmente ida, blanca y desmejorada. Lo que más me llamó la atención es que ninguno de sus tres hijos iban con ellos, tras unos minutos de conversación tensa y nerviosa nos pusimos en marcha, juntos de nuevo, aunque menos numerosos. Tras varios años me enteré que que los dos menores murieron en el mismo asalto que mi madre y el mayor, unos días después en una emboscada de las guerrillas que los atacaron confundiendo los con soldados. Como llegamos a salir del país y llegar a Suiza, os lo contaré más adelante. Ahora, a mis 34 años he vuelto a Croacia, tras hablarlo con mi padre (que se negaba en rotundo) creo que es el momento de volver y ayudar al país a recuperar parte de su glorioso pasado. No tengo muy claro como lo haré, ni por donde empezar, pero mi padre siempre me dijo que algún día Croacia volvería a sonar en los oídos de los europeos por grandes cosas y no por las guerras y destrucción. Es mi objetivo. Reconstruir el país, hacerlo grande y que vuelva a ser la envidia de Europa, tenemos que renacer de nuestras cenizas, tenemos que "rexurdir" o lo que es lo mismo, en mi idioma natal STRADANJA.
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Otorgado el Premio Fidelidad a jdbecerra por su primer aniversario de la historia "Stradanja"